El problema de Orwell

1 septiembre 2009

Nilo, entre el Cielo y la Tierra

Archivado en: ecología,religiones — elproblemadeorwell @ 10:59
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© texto y fotos de oscar martínez
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Horror vacui, miedo al vacío. Dicen que la Naturaleza tiene horror al vacío. Y cuando miramos un mapa, sentimos ese horror al ver la cantidad de lugares que no hemos visitado, que nunca visitaremos en vida. Quizá sea eso lo que nos impulsa a viajar. Quizá.
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En 2005 viajé a Egipto. La decepción fue grande, no otro puede ser el resultado cuando llegas a un país que ha hecho de la visita industrial de millones de extranjeros como yo, un negocio. Desde que bajas del avión formas parte de una gigantesca rueda que no se detiene jamás, hasta que el país te escupe, devolviéndote a casa. Te sientes como en una cadena de montaje, en la que tú eres una de las miles de piezas que deben ser atornilladas. Te introducen en un barco, ya de noche, la cena te espera, el barco zarpa y durante 7 días vives prisionero en una barcaza flotante, de visita programada en visita programada: Luxor, Karnak, Edfú, Asuán, Abu Simbel…
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Pero aún así, Egipto es un destino obligado para descubrir por uno mismo el gran misterio que impulsa al ser humano a ser más grande, a querer semejarse a los dioses, a ser inmortal. Y la inmortalidad es el centro de ese viaje, a duras penas entrevista si uno es capaz de olvidar que es un turista más, al que estrujan hasta sacarle la última gota de sangre, porque por eso estás ahí, no por otra razón, so tonto.
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Hablaba de inmortalidad. Se trata de un concepto algo contradictorio en un país en el que el pasado es tan importante. Porque el pasado, por definición, está muerto, pero al mismo tiempo vive en nosotros si sabemos mantener los ojos abiertos. Como dice el gran egiptólogo Christian Jacq, en Egipto existía un vínculo permanente entre lo divino (lo inmortal) y lo terrenal, asociado a lo perecedero. El aquí abajo y el ahora también eran importantes, lo divino no sólo pertenecía al cielo, es decir a un paraíso inalcanzable y estas divisiones que son propias de nuestra tradición judeo-cristiana no cabían en la mente de un egipcio. De hecho, dice Jacq, Egipto mismo era considerado una copia del cielo, un gigantesco templo desde donde los faraones se preocupaban de que la conexión entre lo divino y lo humano no se interrumpiera jamás ahuyentando a la noche y dando a luz un nuevo día porque de ello dependía la preservación de Maat, el Orden en la Tierra. Eso es lo que hace de la cultura y la religión egipcias algo tan especial.
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A nosotros, los occidentales, nos mueve una curiosidad morbosa cuando descendemos a una realidad que no alcanzamos a comprender del todo, cuando bajamos a la tumba de un faraón, o al corazón de una pirámide, aunque sea una pirámide modesta, como la del primer faraón de la VI Dinastía, Teti, en la impresionante necrópolis de Saqqara. Y esa curiosidad busca saber por qué la vida y la muerte estaban tan inextricablemente unidas entre los antiguos egipcios, por qué eso que hemos relegado al rincón más oscuro de nuestro ser era tan importante para ellos. Esa sucesión sin interrupción entre la vida y la muerte, ese secreto de la creación, es la clave de la civilización egipcia, desde que Osiris, el fundador del Egipto faraónico, fue asesinado por su hermano Seth, el cual lo descuartizó y esparció sus pedazos por todo Egipto. Su esposa, la diosa Isis, hizo que resucitara recuperando cada uno de sus pedazos y embalsamando su cadáver, como se haría después con cada uno de los faraones que gobernaron el país del Nilo hasta Cleopatra. Cuando un faraón moría, el ciclo de la vida quedaba interrumpido. Había, pues, que darle continuidad haciendo que el faraón difunto llegara a las estrellas. Con el nuevo faraón se reinicia el ciclo. No hay nada morboso, pues, en los ritos de enterramiento. Egipto era una civilización que amaba la Vida.
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Osiris representa, por tanto, el triunfo sobre la Muerte, y la muerte y posterior resurrección del faraón (la asociación con la figura de Cristo es evidente) es la base de la regeneración de la vida en el Egipto antiguo. Los egiptólogos explican que esa regeneración está ligada al Nilo, el corazón del país. La agricultura en Egipto se remonta en el tiempo a más de 6.000 años. El primer faraón era representado con una azada en la mano, abriendo un canal de riego, lo que era una asociación evidente entre el poder del rey y la fertilidad que proporcionaba el Nilo. En julio, el río se desbordaba y cuando las aguas se retiraban el regalo eran limos que son el secreto del éxito de su agricultura. Es así como Egipto se convirtió en una de las grandes civilizaciones que ha dado la humanidad. Era vital, pues, que el ciclo no se interrumpiera nunca, lo que significaba confiar en el faraón como el garante del Orden, gracias a su poder de organización. De ahí la importancia que los egipcios concedían a la momificación y a la construcción de tumbas adecuadas para que el faraón pudiera volver a la vida y así el espíritu del Nilo, Hapy, que nace en una cueva cerca de Asuán, pudiera continuar alimentando a su pueblo.
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El Egipto de hoy, el que visitamos fascinados por su mítico pasado, rompió esa tradición cuando su presidente, Gamal Abdel Nasser, ordenó construir una gran presa que iba a hacer de Egipto un país moderno, precisamente allá donde los antiguos decían que nacía el Nilo, en Asuán. Es ciertamente una paradoja que uno de los destinos típicos del viaje turístico a Egipto sea visitar la presa, la asesina del mismo río creador de vida por el que los que visitamos Egipto hemos estado viajando constantemente en nuestro periplo entre la Vida y la Muerte, entre el Pasado y el Presente, con los ojos como platos, indigestados de templos, pirámides y tumbas. Es ciertamente inquietante pensar en ello.
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Sin duda las intenciones de Nasser eran buenas. Quería hacer de Egipto un país independiente, que pudiera plantar cara a las potencias imperiales que dominan todavía Oriente Medio. Pero hoy en día sabemos que las pautas de desarrollo occidentales conllevan un alto coste ecológico y –¿por qué no decirlo?– económico. Las consecuencias de la construcción en los años 60 de la presa de Asuán supusieron la desaparición de 30 de las 47 especies de peces que vivían en el río, la salinización del delta del Nilo, o la disminución de las capturas pesqueras en el Mediterráneo Oriental entre un 80% y un 90%. Se suponía que esta gran obra de ingeniería iba a permitir satisfacer las necesidades de agua de los egipcios, pero ha ocurrido justamente lo contrario. La cantidad de agua por habitante ha disminuido de forma alarmante desde que se construyó la presa. En los años 50 cada egipcio disponía de 2700 metros cúbicos al año. En la actualidad, sólo dispone de 675. La desaparición del fertilizante natural que el río regalaba cada año a los campesinos, los fellhas egipcios, supuso que debían cultivarse los campos utilizando fertilizantes químicos, lo cual supuso un incremento considerable de la contaminación del suelo y de las aguas. En una operación de salvamento sin precedentes la UNESCO logró rescatar de las aguas la mayor parte de los monumentos que habían quedado inundados por la construcción de la presa, pero no consiguió preservar aquello que hizo de Egipto el granero del mundo antiguo.
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En tiempos de los faraones, éstos organizaban mediante la construcción de grandes obras hidráulicas el aprovechamiento del agua y de las tierras aluviales para hacer de Egipto un país próspero. El control de la crecida del Nilo fue posible gracias a la labor de los funcionarios y de los maestros de obras. Cuando en tiempos de crisis dinásticas, esta labor del estado desaparecía surgían los problemas y sobrevenían épocas de escasez. Hasta que un nuevo faraón volvía a ocupar el trono. Pero también había problemas aunque el faraón reinara. Cuentan, en una estela atribuida al rey Zóser encontrada en la isla de Sehel, en la región de Elefantina, que el rey estaba apenado porque su pueblo pasaba hambre. El Nilo no se desbordaba desde hacía 7 años. Y es que el dios Jnum, de quien dependía el renacimiento del río, estaba disgustado. Zóser, al comprender esto, hizo sacrificios y ofrendas en honor del dios, quien, complacido, volvió a dejar que el Nilo fluyera y con él la vida.
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Este relato nos puede parecer absurdo a quienes vivimos en ciudades que han olvidado el vínculo sagrado que existe entre el Cielo y la Tierra y han perdido el respeto por los dones que nos da la Naturaleza. Pero encierra una gran verdad, que no deberíamos tomar a la ligera. Para finalizar estas reflexiones nada mejor que reproducir aquí unas palabras del historiador griego Diodoro de Sicilia (Siglo I a. C.):

«Para los egipcios, el océano es el Nilo donde los dioses nacieron, puesto que, de todos los países del mundo, Egipto es el único que posee ciudades construidas por los propios dioses.»
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Para saber más:

Christian Jacq, El Egipto de los grandes farones. Barcelona, ed. Planeta, 2001; Poder y sabiduría en el Antiguo Egipto. Barcelona, ed. Planeta, 2001.

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3 comentarios »

  1. Hola Oscar, la semana pasada salió un interesante articulo en la contra de la vanguardia que habla del principio del fin, de la expulsión del Eden y lo situa hace unos 6000 años, o sea en el inicio de la cultura egipcia, muy interesante: http://barcelona.indymedia.org/newswire/display/379226/index.php

    salut

    Comentario por alex — 1 septiembre 2009 @ 20:30

  2. Merci por la información.

    Comentario por elproblemadeorwell — 1 septiembre 2009 @ 22:38

  3. ESTAN MUY LINDAS LAS FOTOS JEJEJEJ

    Comentario por see — 21 octubre 2009 @ 22:22


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