© texto y fotos de oscar martÃnez

Horror vacui, miedo al vacÃo. Dicen que la Naturaleza tiene horror al vacÃo. Y cuando miramos un mapa, sentimos ese horror al ver la cantidad de lugares que no hemos visitado, que nunca visitaremos en vida. Quizá sea eso lo que nos impulsa a viajar. Quizá.

En 2005 viajé a Egipto. La decepción fue grande, no otro puede ser el resultado cuando llegas a un paÃs que ha hecho de la visita industrial de millones de extranjeros como yo, un negocio. Desde que bajas del avión formas parte de una gigantesca rueda que no se detiene jamás, hasta que el paÃs te escupe, devolviéndote a casa. Te sientes como en una cadena de montaje, en la que tú eres una de las miles de piezas que deben ser atornilladas. Te introducen en un barco, ya de noche, la cena te espera, el barco zarpa y durante 7 dÃas vives prisionero en una barcaza flotante, de visita programada en visita programada: Luxor, Karnak, Edfú, Asuán, Abu Simbel…

Pero aún asÃ, Egipto es un destino obligado para descubrir por uno mismo el gran misterio que impulsa al ser humano a ser más grande, a querer semejarse a los dioses, a ser inmortal. Y la inmortalidad es el centro de ese viaje, a duras penas entrevista si uno es capaz de olvidar que es un turista más, al que estrujan hasta sacarle la última gota de sangre, porque por eso estás ahÃ, no por otra razón, so tonto.

Hablaba de inmortalidad. Se trata de un concepto algo contradictorio en un paÃs en el que el pasado es tan importante. Porque el pasado, por definición, está muerto, pero al mismo tiempo vive en nosotros si sabemos mantener los ojos abiertos. Como dice el gran egiptólogo Christian Jacq, en Egipto existÃa un vÃnculo permanente entre lo divino (lo inmortal) y lo terrenal, asociado a lo perecedero. El aquà abajo y el ahora también eran importantes, lo divino no sólo pertenecÃa al cielo, es decir a un paraÃso inalcanzable y estas divisiones que son propias de nuestra tradición judeo-cristiana no cabÃan en la mente de un egipcio. De hecho, dice Jacq, Egipto mismo era considerado una copia del cielo, un gigantesco templo desde donde los faraones se preocupaban de que la conexión entre lo divino y lo humano no se interrumpiera jamás ahuyentando a la noche y dando a luz un nuevo dÃa porque de ello dependÃa la preservación de Maat, el Orden en la Tierra. Eso es lo que hace de la cultura y la religión egipcias algo tan especial.

A nosotros, los occidentales, nos mueve una curiosidad morbosa cuando descendemos a una realidad que no alcanzamos a comprender del todo, cuando bajamos a la tumba de un faraón, o al corazón de una pirámide, aunque sea una pirámide modesta, como la del primer faraón de la VI DinastÃa, Teti, en la impresionante necrópolis de Saqqara. Y esa curiosidad busca saber por qué la vida y la muerte estaban tan inextricablemente unidas entre los antiguos egipcios, por qué eso que hemos relegado al rincón más oscuro de nuestro ser era tan importante para ellos. Esa sucesión sin interrupción entre la vida y la muerte, ese secreto de la creación, es la clave de la civilización egipcia, desde que Osiris, el fundador del Egipto faraónico, fue asesinado por su hermano Seth, el cual lo descuartizó y esparció sus pedazos por todo Egipto. Su esposa, la diosa Isis, hizo que resucitara recuperando cada uno de sus pedazos y embalsamando su cadáver, como se harÃa después con cada uno de los faraones que gobernaron el paÃs del Nilo hasta Cleopatra. Cuando un faraón morÃa, el ciclo de la vida quedaba interrumpido. HabÃa, pues, que darle continuidad haciendo que el faraón difunto llegara a las estrellas. Con el nuevo faraón se reinicia el ciclo. No hay nada morboso, pues, en los ritos de enterramiento. Egipto era una civilización que amaba la Vida.

Osiris representa, por tanto, el triunfo sobre la Muerte, y la muerte y posterior resurrección del faraón (la asociación con la figura de Cristo es evidente) es la base de la regeneración de la vida en el Egipto antiguo. Los egiptólogos explican que esa regeneración está ligada al Nilo, el corazón del paÃs. La agricultura en Egipto se remonta en el tiempo a más de 6.000 años. El primer faraón era representado con una azada en la mano, abriendo un canal de riego, lo que era una asociación evidente entre el poder del rey y la fertilidad que proporcionaba el Nilo. En julio, el rÃo se desbordaba y cuando las aguas se retiraban el regalo eran limos que son el secreto del éxito de su agricultura. Es asà como Egipto se convirtió en una de las grandes civilizaciones que ha dado la humanidad. Era vital, pues, que el ciclo no se interrumpiera nunca, lo que significaba confiar en el faraón como el garante del Orden, gracias a su poder de organización. De ahà la importancia que los egipcios concedÃan a la momificación y a la construcción de tumbas adecuadas para que el faraón pudiera volver a la vida y asà el espÃritu del Nilo, Hapy, que nace en una cueva cerca de Asuán, pudiera continuar alimentando a su pueblo.

El Egipto de hoy, el que visitamos fascinados por su mÃtico pasado, rompió esa tradición cuando su presidente, Gamal Abdel Nasser, ordenó construir una gran presa que iba a hacer de Egipto un paÃs moderno, precisamente allá donde los antiguos decÃan que nacÃa el Nilo, en Asuán. Es ciertamente una paradoja que uno de los destinos tÃpicos del viaje turÃstico a Egipto sea visitar la presa, la asesina del mismo rÃo creador de vida por el que los que visitamos Egipto hemos estado viajando constantemente en nuestro periplo entre la Vida y la Muerte, entre el Pasado y el Presente, con los ojos como platos, indigestados de templos, pirámides y tumbas. Es ciertamente inquietante pensar en ello.

Sin duda las intenciones de Nasser eran buenas. QuerÃa hacer de Egipto un paÃs independiente, que pudiera plantar cara a las potencias imperiales que dominan todavÃa Oriente Medio. Pero hoy en dÃa sabemos que las pautas de desarrollo occidentales conllevan un alto coste ecológico y –¿por qué no decirlo?– económico. Las consecuencias de la construcción en los años 60 de la presa de Asuán supusieron la desaparición de 30 de las 47 especies de peces que vivÃan en el rÃo, la salinización del delta del Nilo, o la disminución de las capturas pesqueras en el Mediterráneo Oriental entre un 80% y un 90%. Se suponÃa que esta gran obra de ingenierÃa iba a permitir satisfacer las necesidades de agua de los egipcios, pero ha ocurrido justamente lo contrario. La cantidad de agua por habitante ha disminuido de forma alarmante desde que se construyó la presa. En los años 50 cada egipcio disponÃa de 2700 metros cúbicos al año. En la actualidad, sólo dispone de 675. La desaparición del fertilizante natural que el rÃo regalaba cada año a los campesinos, los fellhas egipcios, supuso que debÃan cultivarse los campos utilizando fertilizantes quÃmicos, lo cual supuso un incremento considerable de la contaminación del suelo y de las aguas. En una operación de salvamento sin precedentes la UNESCO logró rescatar de las aguas la mayor parte de los monumentos que habÃan quedado inundados por la construcción de la presa, pero no consiguió preservar aquello que hizo de Egipto el granero del mundo antiguo.

En tiempos de los faraones, éstos organizaban mediante la construcción de grandes obras hidráulicas el aprovechamiento del agua y de las tierras aluviales para hacer de Egipto un paÃs próspero. El control de la crecida del Nilo fue posible gracias a la labor de los funcionarios y de los maestros de obras. Cuando en tiempos de crisis dinásticas, esta labor del estado desaparecÃa surgÃan los problemas y sobrevenÃan épocas de escasez. Hasta que un nuevo faraón volvÃa a ocupar el trono. Pero también habÃa problemas aunque el faraón reinara. Cuentan, en una estela atribuida al rey Zóser encontrada en la isla de Sehel, en la región de Elefantina, que el rey estaba apenado porque su pueblo pasaba hambre. El Nilo no se desbordaba desde hacÃa 7 años. Y es que el dios Jnum, de quien dependÃa el renacimiento del rÃo, estaba disgustado. Zóser, al comprender esto, hizo sacrificios y ofrendas en honor del dios, quien, complacido, volvió a dejar que el Nilo fluyera y con él la vida.

Este relato nos puede parecer absurdo a quienes vivimos en ciudades que han olvidado el vÃnculo sagrado que existe entre el Cielo y la Tierra y han perdido el respeto por los dones que nos da la Naturaleza. Pero encierra una gran verdad, que no deberÃamos tomar a la ligera. Para finalizar estas reflexiones nada mejor que reproducir aquà unas palabras del historiador griego Diodoro de Sicilia (Siglo I a. C.):
«Para los egipcios, el océano es el Nilo donde los dioses nacieron, puesto que, de todos los paÃses del mundo, Egipto es el único que posee ciudades construidas por los propios dioses.»

Para saber más:
Christian Jacq, El Egipto de los grandes farones. Barcelona, ed. Planeta, 2001; Poder y sabidurÃa en el Antiguo Egipto. Barcelona, ed. Planeta, 2001.
Hola Oscar, la semana pasada salió un interesante articulo en la contra de la vanguardia que habla del principio del fin, de la expulsión del Eden y lo situa hace unos 6000 años, o sea en el inicio de la cultura egipcia, muy interesante: http://barcelona.indymedia.org/newswire/display/379226/index.php
salut
Comentario por alex — 1 septiembre 2009 @ 20:30
Merci por la información.
Comentario por elproblemadeorwell — 1 septiembre 2009 @ 22:38
ESTAN MUY LINDAS LAS FOTOS JEJEJEJ
Comentario por see — 21 octubre 2009 @ 22:22